La artesanía del esparto que aún vive en Dalías

Rafael Ruiz es uno de los pocos hombres en la provincia que siguen trabajando con esta planta

www.elalmeria.es M. Ruiz / Dalías | Actualizado 30.01.2011

Su casa está decorada con todo tipo de objetos de esparto. Probablemente es uno de los pocos hombres que aún hacen este tipo de manualidades. Rafael Ruiz, vecino de Dalías, a sus 86 años, trabaja el esparto como hobbie, pero hubo una época en la que lo hacía por necesidad. Él mismo se hacía las esparteñas o las agobías, un tipo de calzado, con el que andaba por los cerros de Pecho Cuchillo, el Pelao, San José o la Balsa del Sabinar, allá por la época en la que se dedicaba al pastoreo.

Su mujer, Dolores Criado, le preparaba la comida y él se la llevaba en su capacha, un tipo de cesta grande. El agua la portaba en una calabaza o en un morral de cuero. Así pasaba los días, entre cerro y cerro, con 300 cabras blancas, que eran de su padre y que heredó más tarde. El esparto comenzó a trabajarlo bien pequeño, con tan sólo cinco años. “Veía a mi padre y a mi hermano Fernando, así aprendí”, cuenta. En esa época no era un entretenimiento, lo hacía para sacarse un dinero, para venderlo, “para un paquete de tabaco con 12 años cuando se quitó la guerra”, explica.

A los pequeños les hacía cochecitos de alambre, así jugaban. Los vendía a tres gordas o a peseta. “Para los niños los Reyes Magos eran eso, cosas de alambre”, relata. Durante la época en la que trabajó como pastor, como tenía tiempo y no le faltaba el esparto, pues se dedicó a hacer todo tipo de objetos. “Cuando estaba en el cerro con las cabras, lo hacía con la luz de un candil en el Cortijo de Chiclana”, dice. En este cortijo, en la montaña, pasó gran parte de su juventud. Iba un día sí y otro no. “Cuando se me terminaba la comida volvía al pueblo”. En Dalías ya lo conocían como ‘Rafael el chiclanero’.

Compró su casa gracias a la venta que hizo de 30 cabras con las que ganó 3.000 pesetas. “En los tiempos de Franco tenías que ser pastor o tener un bancal de uvas para poder comprarte una”, explica. Y entonces se casó con su mujer Dolores, cuando ambos tenían 25 años.

Su afición no la abandonó ni siquiera cuando comenzó a trabajar con unos compresores. Pero en esa época disponía de menos tiempo y el escaso que le dedicaba se limitaba a las noches y los domingos. Una estera de dos metros por aquí, dos espuertas por allá, y el tiempo transcurría entre cestos y capachos. “Siempre me ha gustado”, dice.

Ahora, a sus 86 años cumplidos el pasado tres de enero, sigue haciendo esparto porque le entretiene y porque mantiene la ilusión de que le hagan encargos. Para él no hay nada difícil de hacer, si ve una cosa, la hace en esparto: cestos, esteras, capachos, espuertas, paneros, pleitas, serones, albardas y aguaderas, agobías y esparteñas. Hace hasta burros de esparto. En una ocasión llegaron a encargarle hasta 70 cestos para venderlos en una tienda de Barcelona.

Como él, quedan ya pocas personas. Por eso, en el pueblo le han dado un diploma y lo llaman para los eventos culturales, incluso ha enseñado unas ligeras nociones sobre el esparto a los niños.

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