Antonio Luque cumple 100 años en Celín rodeado de su familia y sus recuerdos

Este vecino de Dalías recuerda muy bien cómo con 7 años fue monaguillo con el Padre Rubio y luego trabajó en la mina
 

www.ideal.es 26.11.2011 LAURA MONTALVO

 Cumplir cien años hoy en día, tras haber sobrevivido a varias guerras y muchas penurias, como recuerda el daliense Antonio Luque Villegas, es todo un logro, una prueba de haber vivido una vida intensa.
Y cumplir este siglo con una mente despejada y recordar perfectamente anécdotas de cuando se tenían 7 años nos hacen detenernos a pensar que quizá el elixir de la vida pueda estar en «comer mal, sin sal ni fritos, no beber nada de alcohol y andar mucho». Esos son al menos los ‘trucos’ de Antonio, un vecino del núcleo daliense de Celín que hoy cumple cien años, aunque la gran fiesta familiar se celebrará mañana, con sus hijos, nietos y biznietos. «No toma ni una pastilla», dice a IDEAL un familiar, aunque tiene achaques propios de un cuerpo muy castigado «por la penuria», tiene problemas de vista, oído y la cadera «pero le puedo contar lo que me pregunte porque me acuerdo», me dice. Y reto superado. IDEAL se acercó a la casa de este daliense para conocer sus vivencias, y este siglo le ha dado para mucho, desde el 26-11-1911.
Algunos de sus primeros recuerdos son de cuando tenía siete años «y era monaguillo aquí en Celín de José María Rubio, que ahora es santo». Pero Antonio le recuerda por cosas como que «cuando había que rezar de rodillas, nos ponía en la escalera de piedra y como estaba muy duro nos poníamos un cojín, pero si nos lo veía nos lo quitaba». También recuerda que «teníamos que salir a las tres o las cuatro de la mañana por la calle a rezar el rosario de la aurora, y venía gente».
La mina
Los siguientes años no fueron mejores para Antonio, no puede olvidarlo ni aunque quiera, porque con 13 años «me tocó trabajar en la mina, en la Sierra de Gádor, me metía en un túnel a 400 metros de profundidad».
Asegura que se quedaba junto con otros trabajadores en un cortijo del campo y allí vivían. «Podíamos bajar al pueblo cada 25 o 30 días, luego había que volver y otra vez a comer migas todos los días, pero no comíamos sentados en sillas, que no había, había que sentarse en una piedra, y nos pagaban seis reales. Así estuve hasta los 20 años más o menos. Celín entonces era mucho más grande que ahora, había mucha miseria pero vivíamos muchos aquí, las casas eran pequeñas y con los tejados de caña y arena, que entraba el agua a veces».
Le preguntamos cómo recuerda aquella época y se pone muy serio: «eso no se puede comparar con nada, eran tiempos muy malos». Y eso que lo que le aconteció después no fue moco de pavo. Sobre los 20 años, Antonio y sus cinco hermanos tuvieron que emigrar a Francia con su madre «porque aquí no había trabajo. Pero tuvimos la mala suerte de que antes de llegar a la frontera nos quedamos sin dinero, no podíamos seguir, pero pudimos ir mi hermano y yo y a los que estaban llegando pedirles prestado para que vinieran los demás».
En Francia la familia trabajó en una fábrica de vidrio, pero los patronos no estaban muy contentos con el trabajo de alguno de los pequeños y tuvieron problemas con los papeles.
«A los dos años nos dijeron que teníamos que volver a España y llegamos a Barcelona, allí trabajé en la construcción y me casé con mi mujer, en la Sagrada familia, porque ella vivía en el barrio, aunque era de un pueblo de Teruel». Pero además de casarse, desde Barcelona, como buen republicano, se presentó voluntario para ir al frente y le tocó la zona de Huesca contra las tropas de Franco.
Vuelta a Almería
«Dormíamos al raso y comíamos mal. Fui hecho prisionero en Alcañiz y me llevaron a Santander y a un campo de concentración en Bilbao, al final me dejaron marchar, pero cuando volvía a casa tenía un dudo y lo perdí y no tenía como venir a Celín desde Almería y al final un guardia civil me ayudó y me vine en un camión lleno de sal».
Recuerda que «siempre fui pobre, y trabajé mucho, y anduve mucho, porque luego cuando ya nos instalamos en Celín, que compré un terreno, trabajaba en El Ejido en la construcción y me iba andando. Tenía que salir a las cinco de la mañana y aveces también volvía andando, porque había un autobús de Almería a Fondón pero siempre iba lleno y no paraba». La vida le ha dado ahora un poco de tranquilidad en este rincón almeriense, después de tener cinco hijos y varios nietos y biznietos, con quien mañana celebrará el cumpleaños, su cien cumpleaños. Y su mujer va camino detrás de él, porque se llevan unos cinco o seis nada más.
«Comiendo mal es como se vive más. Comiendo sin sal, me gustan las patatas fritas pero es indigesto, no bebo alcohol y andaba mucho, aunque ahora menos por los problemas de cadera. No tengo azúcar alto ni me duele la cabeza» y su familia destaca que disfruta «con un tazón de leche y sopas», con la tranquilidad de quien ha llegado a cumplir 100 años, algo más que simbólico para cualquier ser humano.
¡Y que cumpla muchos más!

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