El retrato, reflejo y memoria de una sociedad

Representación. Algunas de las fotografías, de grupos más o menos numerosos, llaman la atención, a través de la composición y del tema, utilizando argumentos muy clásicos

http://www.elalmeria.es 11.05.2014 | PEDRO PONCE

La fotografía a finales del siglo XIX comienza a ser un objeto habitual de representación social, poco a poco es más común fotografiarse, aunque sólo unas pocas veces durante toda la vida. 

Si la fotografía de personas no sólo debe representar, sino también persuadir a los retratados, no cabe duda que las de Gabriel García Fornieles debieron resultar bastante convincentes. Algunos retratos, de grupos más o menos numerosos, llaman la atención, a través de la composición y del tema, utilizando argumentos muy clásicos. En ellos, sin embargo, no se da la rigidez tan presente y característica en este tema y, en ocasiones se convierten en reflejos de una sociedad y fuente de información sobre los gustos y la mentalidad de una época. 

A partir de finales del siglo XVI la población de Dalías aumenta espectacularmente, multiplicándose por doce entre 1575 (100 vecinos, unos 400 habitantes) y 1752 (1.200 vecinos, 4.973 habitantes), desde este último año y hasta 1860 la población se duplica, pues cuenta con 10.694 habitantes. El desarrollo de la minería del plomo en la sierra de Gádor, a lo largo de la primera mitad del ‘siglo XIX de manera más o menos fluctuante, provoca un considerable incremento poblacional; de este hecho se hace eco en 1838 el cura párroco de Santa María de Ambroz, Juan Antonio García, cuando expone lo inapropiado del local provisional de su iglesia, debido a la gran cantidad de “vecindario y forasterío” que acude al mismo los días ‘festivos, al haber aumentado considerablemente la población, por la necesidad de obreros para la explotación de las minas y fundición de plomo de la sierra de Gádor, y Juan Antonio Fornieles, párroco de Celín, cifra en 10.000 el número de habitantes en el año 1846. A la villa, cabecera de una rica comarca, llega el flujo de la renta generada por las actividades agrarias, pesquera/salinera, y minera. Aparece con sus luces y sombras, un rico conglomerado humano, formando todos la verdadera imagen del pueblo de Dalías. 

En 1887 el número de habitantes es de 6.294 (4.047 en la villa y 2.247 en el Campo/El Ejido). Si el progreso de la minería origina un importante crecimiento de la población, su crisis provoca, como vemos, un no menos considerable descenso de la misma. A partir del último tercio del siglo XIX la población concentrada en la villa comienza a disminuir en beneficio de los hábitats rurales de su Tierra, así en 1950 el Campo/El Ejido contaba-con el 62 % de los habitantes del municipio, al tener 7.160 de un total de 11.484, de los cuales 4.324 residen en la ciudad de Dalías. 

El daliense de comienzos del siglo XX no puede sustraerse a la identidad espacial de las personas con su tierra de origen, la percepción de los espacios, recorridos y perdidos, parece agudizarse por la ausencia de los mismos. Antonio Baena Zamora, natural de Dalías y residente en Madrid, en el año 1907 escribe: “Recuerdos, a mis bellas paisanas. Camino de paseo, donde voy a distraer mi fatigado espíritu de las luchas y preocupaciones sociales de esta moderna Babilonia … He aquí a la altiva y encopetada señora que, arrastrada por el moderno automóvil, pasa … Llega después, por la amplia avenida, el aristocrático carruaje de poderosos alazanes … Descubro a la elegante cocotte que nos adelanta, serena y altiva, por la acera, desafiando con sus provocativos ojos … Yo, como todos los que tenemos recuerdos, sólo miro al infinito, cual si a través de sus capas vislumbrara seres e imágenes para mi, inolvidables; y, sentándome, en uno de los más apartados bancos del paseo, sueño con los ojos abiertos… ” 

En el Madrid conflictivo en, el tránsito del siglo XIX al XX un daliense, el sacerdote José María Rubio Peralta, dará testimonio de su entrega total a los más necesitados, incrementándola posteriormente hasta límites excepcionales, y a él, que mantenía una fluida correspondencia con sus familiares, llegarían los ecos de la declaración de su villa natal como ciudad en 1920, por “el creciente desarrollo de su agricultura, industria y comercio, y a su constante adhesión a la Monarquía”. Dalías es más que una agrovilla tradicional.